viernes 4 de abril de 2008

Aria de los analistas

...

Cámara uno: al recuerdo!
Cámara dos: a la conciencia!
Que pongan un decorado
con trapecios de tiniebla,
que la niña hará su salto
vestida de memoria negra.
Y el Analista Primero
le pide cuatro piruetas.

....

Dificilmente. Mi corazón cortado en cuatro,
está -dicen- sepeliado en las cuatro troneras
de un billar robado. El que ahora llevo
puesto se lo compré a una encorazonadora
que tenía corazonería de viejo en un paisaje
terraja, y vendía corazoncitos tristeros de
baraja francesa y de conejo, de tatuaje de
Marínero con Péreza, de rima de canción de
cuna y de alcaucil. A mi, me puso uno que
es de vista y no de lastima, recortado del mandil
de un bandoneonista; y con agujita de
estaño y de hilo de humo castaño, me lo
bordó en el vientre. Dijo que eso era lo que
convenía para quien, como yo, soy una sombra
María, y ya por sombra -solo sombra-
seré sombra y seré virgen para siempre.



Una gran operita, un trozo de María, mientras mis oídos se acostumbran nuevamente María, del Buenos Aires...

miércoles 12 de marzo de 2008

Seco Atardecer

El recuerdo vivo de sus oscuros ojos en aquel adoquinado paraje me deja aún atónito, ensimismando hasta el más lejano punto del espacio tiempo de una venida interminable y fría.

Sabía que no era coincidencia y que vendrían en algún momento a eliminar el rastro que la delató...

Aún no logro comprender su cofradía, su encierro, su enigma... muchas veces escuché su nombre por equivocación, mientras susurraba al oído el nombre de quien debía partir, muchas veces no era yo al que esperaban.

Nunca entendí bien el trabajo que hacía hasta ahora, cuando bajo la tibia arena del desierto la caja de madera que me rodea, cruje a cada porción de arena que le lanzan. Sus mismas manos, sus mismos ojos, su hermoso rostro intimidante, mi verdugo...

Como un hechizo lanzado al viento, dejé que me atrapara con su mirada mientras descargaba un golpe del que más no recuerdo.

Ahora mi morada se reduce a un cuarto oscuro que promete disolverse en unas horas más.

La oscuridad del pequeño cubículo no me afecta, acostumbrado a las sombras, pero el aire, cada vez se torna más pesado y tibio, me marea, grito...no responden...desespero..

No puedo moverme, me agito en la misma posición, pero a cada movimiento la caja cruje y amenaza aplastarme bajo el desierto nortino... aquel que por las tardes bañado de colores, mostraba la hermosura de un paraje seco y montañoso.

Mis manos buscan las paredes, las golpeo, las araño mientras siento la fría sangre recorriendo mis dedos... mi mente no se controla ya,

- ¡¡Sácame de aquí maldita asesina!! ¡¡No es mi hora aún!! -

... mi hora está pactada para muchos años más....

El mareo se vuelve intenso, siento mis pulmones estallar con cada bocanada de un intoxicado aire encerrado, con aroma a húmeda tierra, bajo el seco desierto.... mi respiración se agita, cada vez más, cada vez más rapido, cada vez más corta, .... ¡¡¡mis manos no las siento!!!

Esto no está pasando, esto no puede acabar, me han jugado una trampa... pero ¡¿quién?!, ¡¿La cofradía?! , no, no pasaron más de dos días, no pudieron haberse enterado, esto es firma propia...es una venganza, pero no de ella, es una asesina pero puede intervenir de esta forma... no.. no así..

¡¡NO AHORA!!

En mi mente ya no quedan recuerdos...mis ojos ya acostumbrados a la oscuridad se cierran. Lucho por no desfallecer, arañando con la carne viva las paredes ensangrentadas de mi propia sangre...

Ya no queda aire... ya no...

El sonido de los pasos sobre la arena al alejarse retumban y recorren las profundidades para llegar a mis adormecidos oídos. Me humilla, se despide... la escucho susurrar...

- Adios amor, Azaruz será recordado sobre la tierra mientras tu cuerpo desciende a las sombras -

Y así acaba...

(Continuará)

miércoles 27 de febrero de 2008

Adoquines...

El frio de la mañana me atraviesa como una flecha encendida traspasando mi alma fundida en la oscuridad de una noche que madruga el sosiego de un descansar inalcansable.

Aún es temprano, mas mientras fumo un poco de tabaco enrollado en una hoja aún húmeda del nocturno rocío, sus pasos se mueven despacio sobre la arcilla buscando el camino indicado.

A mi alrededor se mueven solamente los antiguos árboles vestidos de un invierno abrigo amarillo ocre, mecidos por la brisa fría de la lluvia que araño el cielo razgando las gotas que ahora me entumecen aún más.

Su caminar se vuelve impaciente, meciendo un paraguas ajado en una punta producto de ventarrones y ajetreos citadinos. Ahora llueve.

La lluvia rebuzna en mi espalda refugiándose también en mis cabellos, mientras levanto la mirada al incipiente cielo inalcanzable ya para mi, costumbre adoptada hace ya algunos años como recuerdo de lo que algún día pudo ser mío pero rechacé como una bofetada. El sonido de la lluvia se siente en un eco apagado por los solitarios pasos de sus zapatos en la arena del parque, ahora tejiendo surcos en el barro oscuro del derrame.

El pasto se vuelve hierba silvestre mecida con las gotas, mientras el aroma comienza a empieza a filtrarse por los ropajes y arboledas que se funden en un sonido seco de olores húmedos y cansados.

El mundo se ha hecho un burdo circo de aventuras, y crece, así como ha crecido este parque en que mi infancia recorrí mil cinco veces y quien sabe cuantas más. Con sus senderos ahora demarcados y sus juegos de madera reemplazados por modernos centros infantiles de un acero frío y no astillante, por el cual solamente se deslizan ahora las gotas de agua de la lluvia.

El momento llama y mi espera se desvance mientras tras su oído murmuro su nombre quebrando el silencio.

La lluvia se detiene por un segundo mientras el gemido de horror deja caer el paraguas y un vaso desechable de café, que raudamente sostengo antes de tocar el suelo y dejo a un costado esparciendo el templado aroma de un café de segunda categoría, probáblemente comprado en alguna esquina a algún termo oxidado por los años.

El inevitable hado esperado, fruto de acciones de inminete culpa, vuelve a buscarte en tu conciencia.

Una vez que vuelve en sí, su instinto clama por correr desesperado, mientras suavemente susurro su nombre por su otro costado. Sin mirar atrás corre entre el pasto mojado y verde, huyendo de árbustos y caminos que nunca vió por no mirar atrás.

Siento temblar sus piernas, recogiendose a cada paso que da en su carrera...
Siento el aliénto frío entrar en sus pulmones quemando la garganta a su pasada...
Siento el corazón golpear su pecho tratando de escapar entre los botones de su impermeable...
Siento la sangre desplazarse entre sus brazos y espalda a través de sus venas....

Rapidamente y sin que lo note cruzo la adoquinada calle ramón cruz para filtrarme entre murallas y edificios húmedos, no sin antes gritar su enmarañado nombre a sus espaldas, obligándolo a dirigirse a mis brazos luego de cruzar...

Presa del terror y sin pronunciar palabra alguna, se abalanza a la calle arrancando de su pasado oculto y culpable mientras un par de focos incontrolados meciendose a ambos costados se cruzaba en ese mismo instante por mis ojos.

Lo inevitable, lo imprevisto, lo nuevo me deja anonadado mientras el impacto provoca un sonido seco ecualizando un sonido similar al chasquido de las ramas secas, mientras el automóvil se detiene bruscamente, como si una muralla en la nada lo hubiese detenido en vilo, comprimiendo sus latas como papel plegado con una mano mientras su ocupante sale expulsado por el vidrio delantero provocando un estallido de vidrios sobre mi ropa.

La lluvia ha cesado en menos de un segundo y el panorama lo observo ahora en una suerte de camara lenta provocada no por mi, obligando a moverme rápido de mi lugar fuera del plan trazado en un inicio.

Mientras esquivo el restojo de automóvil cruzando sobre su techo, observo de reojo como el cuerpo del chofer cae sobre su brazo izquierdo, inmóvil, esperando aquel cuerpo volador, mientras su otra mano en sus boca, clamaba silencio con sus dedos sobre sus labios.

La lluvia vuelve mientras en un destello el tiempo vuelve a la normalidad y el carro se desplaza ahora lentamente mientras frena su marcha por el roce de su eje destrozado.

Caigo a un costado de mi presa, aún tibia derramando su sangre...

- Sabía que este día llegaría...tantos años esperandote...- gime entre soplidos ahogados y oprimidos -
- La gente como tú siempre comete errores...tu culpa te delató...
- La gente como tú también lo hace... tu rostro te delata...

Alcanzó a esbozar una sonrisa vengativa mientras con mi mano desgarraba su dolor... no se equivocaba... pero últimamente mis planes se habían visto desmerecidamente modificados... mejorados por otros, uniendo caminos exactos en tiempo y personas, urdiendo mi humillación y destino... mi muerte...

Levanto el cuerpo destrozado, mientras su sangre se filtra entre los testigos de piedra, dejando una enorme mancha... en los antiguos adoquines al costado del parque..







martes 5 de febrero de 2008

Bajo mis pies

El camino empieza en un borde del sendero por el cual transitan animales y recuerdos, bajo un sol abrasador que penetra la piel perforándola por cada poro aún vivo.

A la distancia, imponentes los dos santos se dibujan sobre un cielo puro e incendiado por el espejismo de las sierras y el desierto. Es mi primera vez y el peso de la inexperiencia se cierne sobre mis hombros con sus kilos de artilugios innecesarios y mutilantes de los músculos de mis hombros ya adoloridos.

El camino comienza silencioso, una marcha incesable sobre una tierra abandonada y raida por el viento, el frío y el sol, sólo unas hierbas se asoman entre las negras piedras y la ocre tierra, escondiendo unos diminutos pajarillos. Un viento tibio recorre el rostro descubierto mientras paso a paso voy masticando el peso de una mochila cargada con interminables botellas de agua, líquido vital para la travesía iniciada.

El día se hace eterno, mientras que los colosos se hacen aún más grandes mientras atrás el trecho andado muestra una pampa abandonada, tintada de rojizos, amarillos y negros, que a la distancia, un desierto levanta su polvareda para danzar al viento. El silencio impera.

La noche cae sobre nosotros junto con nuestras tiendas y comidas, a la falda de los volcanes, el desierto nos comienza a golpear con su frío aliento nocturno, obligando a refugiarnos en las ropas y líquidos calientes. El oscuro cielo nos cobija entre sus estrellas infinitas hacia el horizonte, la profundidad de la noche permite solamente distinguir siluetas meciendose al transitar nuestro campamento, a la vez que el hielo se interna en los huesos tratando de salir por todo el cuerpo, razgando los últimos alientos de calor.

Al pasar de los días, el vaivén se reinicia junto con el abrazo de un cálido y amistoso amanecer, ascendiendo, lentamente, incrustando cada paso en una tierra agrietada y ajada por el pasar de los años por lo que alguna vez fue un sendero de lava. El agobio es para algunos extenuante, y regresan, el resto, hurgamos la tierra para encontrar un arrimo al deseo y pregonar la fuerza requerida para la hazaña.

Una nueva parada nos sitúa en el regazo de ambos santos, cobijados, escondidos, rodeados por inquebrantables paredes de lo que quedó del invernal hielo. El cansancio en inevitable, y la falta de oxígeno se siente como un mareo incesable y abombante, mas al sentarte, la vista de un desierto interminable, lúdico, ondulante, inspira fuerza, amor y deseo. A la sombra ya de los gigantes gélidos y mutilados, se comparten palabras, comidas, recuerdos, (recuerdos que son ahora eso, solo recuerdos y tristezas)...

El frío vuelve a azotar el seco albergue de tela, pero esta vez su fuerza se hace notar, grita con el viento, y su espada se siente zumbar sobre nuestras cabezas. Mueve, despliega, congela, martiriza, espera...hasta el amanecer, cuando con sus veinte grados bajo cero se retira con ímpetu, y nosotros, hacemos ahora batalla para el trecho final.

El camino está congelado, y la ascensión se vuelve monótona y lenta, golpeando los estribos contra mis propias piernas, heladas, entumecidas, y agonizantes, mientras mis manos, conservan su postura curvada sobre los bastones sin poder enderezarlas.

A la distancia el sol calienta la tierra y en el frío, aceleramos el paso para descansar sobre la meseta ahora entregada al sol desteñido de la madrugada. Al sentarnos, reconozco el dolor de mis manos y pies al estar congelados y fríos. Una punzada en mis manos me muestra que por el trabajo y la temperatura se han inmovilizado, y el dolor impide volverlas a su posición normal. Nos apegamos unos contra otros para sobrellevar el cansancio y el frío aún existente.

La vista comienza a perfeccionarse, cada detalle amplifica en un plano ahora más grande, el desierto se ve pleno, frente a mis ojos, veo el amanecer sobre un desierto seco, mi mientras amance, las sombras de los montes y cerros solitarios se acortan y se mueven sobre el suelo lejano. Es hora de continuar, el trecho final se dibuja a espaldas nuestras...

El camino sigue arriba sobre arcilla y piedrecilla suelta. Es una especie de gravilla formada por el desgaste de las rocas volcánicas, renonocidas en todos los volcánes, mezclada con arena, piedras fundidas y polvo. El pie se entierra para avanzar, pero retrocede tres pasos al deslizarse la gravilla, y luego el otro, y el otro, y se transforma en una interminable batalla por mantenerte detenido en el mismo lugar esperando que todo se estabilice para avanzar tan solo medio metro. El frio, la altura, el cansancio, transforman los momentos en angüstia y olvidos...

Pero el momento esperado llega, y un espectáculo irremplazable se queda grabado en la memoria de quienes fuimos y ahora ya no estamos...

El cielo celeste azuloso de fondo, invocaba un aroma ácido, ocre, fuerte al inhalar, impidiéndo acceder a bocanadas de aire profundas, producto de la pequeña humareda que rodeaba el cráter rojizo. Hacia el sur, un desierto infinito se desdibujaba con la curvatura de la tierra, un sinfin de colores, salares, cerros, polvo, hasta que en el horizonte se perdía la línea del cielo con la tierra curvada.

Hacia el este, una multiplicidad de montañas como solo se puede ver en los Andes, infinitos, los picos nevados se perdían hasta volverse gris en las nubes, interminables cadenas de montañas nevadas, cerros, quebradas, mostraba su imponente cara irremplazable.

Hacia el norte y oeste, entre la bruma de la fumarola, un mar de nubes cubría la vista, como algodónes esparcidos por doquier pintando el cielo de blanco espumoso.

En el silencio, ni el sonido del viento podía gritar su nombre, mientras de pie, contemplaba la hermosura de un momento maravilloso bajo mis pies que recordaría como el último.


Coroloario: Ascensión Volcán San Pedro y San Pablo, Calama, desierto de Atacama, Chile. Escrito dedicado a aquellos que siguieron su camino en la montaña y lo dejaron oculto bajo la nieve en Campos de Hielo Sur, aquellos con los que estuve en la cima, y acompañe entre sollozos y llantos a lo profundo.

viernes 18 de enero de 2008

Gárgolas a ojos cerrados

El camino entre las piedras adoquinadas de lo que fue un antiguo y transitado camino me lleva hasta su casa, escondida entre ahora grandes edificios repletos de oficinas y antros de café escondidos en sus suburbios. La gente camina sin cesar impávidos a mi presencia, inmersa en su propio mundo individualista, los mundos han cambiado, esto de los teléfonos y reproductores de música han dejado atrás la preocupación por quien está a tu lado.

- ¡Imbéciles! , ¿¡Que no entienden a donde van!? - solo unos pocos se voltean para buscar el origen de tal insulto, el resto, solo camina.

La antigua iglesia de San Francisco a lo lejos me avisa que es tarde ya, debo apurarme antes que otros me ganen la oportunidad. Ya me ha pasado, no es agradable limpiar el trabajo de otros, más aún si implica un desgaste tan grande como el de la última vez...


Me detengo ante una fachada un poco más antigua que yo, imponente, grisácesa opaca con piedras tullidas ya por el pasar de los años. Su forma románica deja entreveer sus grandiósos orígenes ahora olvidados. Recorro el pórtico reconociendome entre sus tímpanos y jambas, tallados pulcramente por algún escultor proveniente de la lejana bota o del mundo ibérico, asesinado imagino un poco después de su obra, para evitar iguales arquitecturas o trazos en otras construcciones. Me interno a través de una especie de bóveda con forma de cañón, oscura, fría, enbaldosada de una forma tosca, claro reflejo de un nuevo dueño, se quiebra la armonía. Unos pasos vacilantes más y me sorprende una extraña sombra que se mece a un costado, entre las arqueadas ventanas de la bóveda. Me devuelvo a la entrada con la pesadumbrés de que algo extraño ocurre.

Agazapada frente a mí, en lo alto del edificio de enfrente, una gárgola me observa amenazante. Es el único vestigio de aquella construcción hoy demolida y enviciada con concreto, piedra y vidrio. Los arquitectos decidieron conservarla, como si pudiese ser conservada o vendida..., pareciese tener vida propia y la posición del sol hace que su sombra se refleje exactamente en la ventana de unos momentos atrás. Un extraño efecto me deja perplejo ante aquella sombra realmente vacilante y en movimiento... Sus puntiagudos cuernos y orejas apuntan al oeste, extendiendo sus membranosas alas al viento mientras inclina su cuerpo hacia la calle. Sus arrugadas facciones agreden al mirarla mostrando sus filosos dientes presentes en un hocico semiaberto y profundo. No se distinguen sus ojos, pero su mirada coincide o recae sobre una ventana tras de mi, en penumbras - Nos vemos - le esbozo mientras giro sobre mi para reandar mi camino y terminar esto.

Luego de recorrer un sin fin de fríos y silenciosos pasillos tras las escaleras en caracol encuentro su oscura habitación, ilumada solamente por el reflejo de la ventana que apunta a la calle, y ella de espaldas a mi, se mantiene en pie inmóvil sosteniendo lo que parece ser una taza de té aún humeante. Su fina y angosta espalda cubierta solamente por un vestido de tela muestran una esbelta figura esgrimida por una ondulada y larga cabellera. Inhalo el dulce aroma del perfume que envuelve su cuello, evitando tocarla al estar cerca de ella. Ensimismado en tal hermosura sus temblorosas palabras me perforan al tiempo que deja caer la taza sobre el pulcro suelo...

- Te estaba esperando...

Como un hielo me recorre su voz, paralizandome y dejando mi mente en blanco..., el estallido del cristal en el suelo me hace reaccionar pensando lo imposible. El piso ahora se cubre de un líquido ámbar que se evapora lentamente.

Rápidamente volteo y recorro la habitación con la vista, - vacía - pienso sólo par mi. Es imposible, como pue...

- ¿Por qué me temes? - Murmura suavemente.

El latido de su corazón suena como un eco resonante en mis oídos mientras busco respuestas. Es imposible, no pudo saberlo,

- ¡ No existe forma que lo supieras ! , - respondo enojado, mientras rápidamente me dirijo a la ventana para reforzar la idea que me pudo haber visto mientras observába la gárgola que ahora mira en mi dirección. En mi inpensada carrera a la ventana freno desechando mi teoría. Su visión completa fue arrebatada hace algunos años producto de la misma enfermedad que ahora la mantiene casi inmóvil.

Un quejido de sorpresa emana de sus labios mientras murmura nuevamente las escalofriantes palabras.

- Te estaba esperando, no te enojes.

La ira me consume nublando el razocinio posible para tal momento,

- ¡No pudiste verme!, ¡Mientes!, ¡No eres más que una desquiciada abandonada por loca! , se supone que sería sencillo y tú me lo haces difícil.

- ¿¡Dónde estás!?

- Tras de ti - respondo mientras su cuerpo sin vida cae sobre el suelo aún mojado por el té.

Una bocanda de viento entra por la ventana esperando llevarse el resto de vida que emana de la habitación, mientras al otro lado de la calle, un murmullo no cesa de repetir - Asesino -

- !Estúpido¡, no somos muy distintos, pero yo puedo moverme por esta ciudad.

Limpio rápidamente el desastre para poder alejarme de la endemoniada casa.

Antes de salir volteo para ver el brillante suelo de la habitación ya vacía, reflejando las luces y sombras proyectadas por el arco de la ventana. No hay rastros, no hay cuerpo, no hay testigos..., solo el dulce aroma del perfume de su cabello, impregnado en mi recuerdo.


jueves 10 de enero de 2008

Alhambra

El sol se pone tras un muro rojo de piedra esgrimida en lo alto del camino, mientras mis pasos murmuran esféricos ecos que rebotan en tu balaustrada. A pies descalzos continuo sobre la tibia loza que entrelaza tus laberintos idílicos cubiertos de verdes frescores de primavera.

El silencio, quebrado por el murmullo creciente de sus aguas, irriga la orquesta eólica de tus arboles envejecidos, producto de largos años de ferviente pasión. El viento refresca mi cuerpo entregándo un perfume dulce de la madera que gobierna mi techo en tus lares enmarañados, envejecida por el vencedor por dios que entregó a sus manos tus muros y balcones.

Desde tus arcos, Alabaicín y Alcazaba se esconden entre tus jardines reales de paz, vida y vencedores, escondiendo temerosos leones que soportan en sus espaldas fuentes dignas de grandeza, albergando cúpulas mágicas inundadas por la luz de tus ventanas.

El torso descubierto recibe el fresco frío de tus pasadisos, silenciosos, murmurantes, vigilantes de épocas pasadas que ahora guardan sus secretos radiantes.

En tu regazo, reposo sobre tus hojas frescas aromáticas, inhalando azahares junto a tus huestes de dolor impregnada en tus cipreses. El aroma se entremezcla al viento recorriendo tus laberintos infranquiables por mis manos, me refugio, me elevo, me distraigo. Me cautivas con tus frutos, me embelesas con tus murmullos, me deslizas tus caricias al suave tacto de tus murallas.

Entre celosías y emblemas, arcos y pinturas guian mi camino entre tus salas, meditativas, espectantes, imponentes, fruto de una era de grandes reyes y artesanos, esculpidas a manos de un dios pagano.

En tu estanque, los cinco arcos reflejados sobre tus aguas, miran al valle con su dama, quien aún cautiva, permanece vagabunda en tus lares embrujados de la torre de damas, esperando con su mirada perdida, la palabra añorada de su viejo amor.

Me alejo entre las nubes, con el aire y los recuerdos atados a esa ventana, que como la flor del naranjo, mantiene en su corazón, orgullo, pureza y perennidad.

martes 8 de enero de 2008

Añoranzas de un día nublado


Extraño un día de lluvia...

Camino por las calles santiaguinas cubierto por una capa de húmedo sudor matutino mientras el horizonte dibuja ya un sol radiante.

Extraño la lluvia en sus lozas de concreto, rebotando sin cesar y el aroma a hierba, humedecida entre sus árboles.

El sol trepa entre las inexistentes nubes para llegar a la cima de los receptáculos de hombres y mujeres citadinos. Escucho el silencio.

Silencio de un día que recién comienza buscando derretir las esperanzas de un aroma fresco de invierno lejano.

Extraño la lluvia sobre tu rostro, girando al cielo en una nube de emociones que buscan nutrir de alegria el alma errante.

Los pasos se multiplican, pasando a mi lado con velocidades vertiginosas sin detenerse a contemplar las sombras crecer. Nacimiento y muerte de las sombras, junto al sol, incinerándose de escondites refugiantes.

Extraño la lluvia y su sonido sobre los tejados tan lejanos, temblorosos antes del estruendo y la luz.

Santiago se envejece, se seca, se quiebra, plegándose en cicatrices terrenales que marcan el paso de un astro sobre la hierba, la tierra, la piel.

Extraño la lluvia y sus caricias refrescantes, mientras hoy recorro un Santiago sofocante.


PD: La foto no es mía, agradezco a Aleino, pues aunque él no lo sepa, he tomado su foto para representar mi añoranza al invierno. Si requieres que la retire, me avisas.